jueves, 1 de marzo de 2007

Invasión, magia... un camino a "estudiar".

Jueves primero de Febrero del dos mil siete. El cielo parece caerse de un momento a otro. Me despierto y miro el radio reloj, son las 8:02 AM. Tarde. Mi buen humor matutino y muy poco común no va a desaparecer, porque despertarme tarde y sin reloj que me zamarree en sueños es la consecuencia de una noche descansada. Esas noches que tan ausente estuvieron en mis últimos meses. El desayuno es a la carta. Elijo café con leche acompañado con 4 o 5 vainillas. Cada una de estas “amigas” me recuerda que ejercito más los músculos que rodean mi mandíbula, que los del resto de mi cuerpo. Eso sí que da culpa, pero tampoco me quita el buen humor.

Entonces planeo el día.
Visitar a 4 de mis clientes, llamar y agendar reuniones con otros 20 clientes potenciales de la en
orme lista que alimenta mis quehaceres laborales. Leer, escribir un rato. ESTUDIAR.
Estudiar…
Las imágenes del secundario están tan vívidas en mi memoria. Si el mecanismo que archiva cada recuerdo fuese parecido a una cadena de producción, les aseguro que los recuerdos de mi secundario se las han arreglado para tomar otros recuerdos débiles, colocarlos en donde ellos deberían estar y así pasar a ocupar un estante más nuevo en esta cadena. Es como si hubiesen encontrado la forma de escalar hacia la inmor
talidad, ocupando el sitio de los recuerdos más nuevos, acortándoles la vida. Cruel felizmente cruel.
“Estudiar” digo en voz baja. Los oídos de mi abuela, tan agudos para las palabras psicológicamente compatibles con su forma de interpretar el mundo, la procesaron, refinaron, interpretaron e indexaron tareas y comentarios para la devolución. Y todo en un santiamén.

Vos estudiá que yo te preparo comida – dijo. Siempre hizo lo posible para que yo termine mis estudios, esos estudios que la vida le negó a ella (o que ella se negó en su vida).
No te preocupes, nonna, estoy pensando en voz alta – respondí- no necesito quedarme a estudiar, hoy.
La cara de esa mujer se transformó de una manera espeluznante, pero no me sorprendió. Esa es la cara que desde hace 26 años veo cada vez que uno se aleja del plan que esta bienintencionada abuela ha tejido en un segundo, para que la realidad le satisfaga. Y lastimosamente, la satisfacción de esta su realidad, siempre d
epende de otra persona y eso, creo yo, la aleja un poquito de su inmediata felicidad.

Paradójicamente coincidente al microsegundo de su metamorfosis, el cielo estalla en una luz blanca penetrante y el viento deja de soplar. Se escuchan las primeras gotas inofensivas, pero penetrantes. Luego de 5 segundos, una visibilidad de 8 kilómetros se reduce a un metro y medio gracias al trabajo en equipo del todo de esas gotas.
Llega la lluvia a mi mañana. Esa lluvia que transmite la paz que mi cuerpo necesita. El sonido que mis oídos tanto esperaban y el aroma a tierra mojada que mi nariz tanto extrañó.

Ahora entiendo por qué estoy de tan buen humor; la vida es maravillosa.
Las calles de mi barrio están inundadas. No puedo manejar no tomar el colectivo. Mis clientes tendrán que esperar. Al parecer, el teléfono dejó de funcionar gracias al agua que ingresó en los circuitos del poste. Ese poste en donde anida la caja que reúne a todos los teléfonos
de la mitad este de mi manzana. No es raro que una empresa utilice materiales de segunda ni mano de obra poco calificada para cada trabajo, intentando que su porción de torta sea aún mayor de lo que es. Al menos no es raro aquí, en Argentina. Al parecer no me queda remedio distinto a esperar que pare de llover para poder continuar con mis labores cotidianos. En este tiempo que seguramente durará alrededor de 2 o 3 horas, me decido a ESTUDIAR.
Estudiar…

Parece que esa bienintencionada abuela se las arregló para que la realidad la satisfaga de algún modo. Raro, muy raro. Y aunque la “lógica” le dé caminos mágicos a esta situación, no me sorprende. Ya que desde hace 26 años, este camino, esta “realidad” siempre me termina resultando un tanto “familiar”.


No hay comentarios: